Construyéndonos primero a nosotros mismos, podremos construir para los demás



Taxi Driver

14 de febrero de 2018

La fecha indicada no apela a ninguna cuestión romántica, sino al día que llegué a Mallorca y entendí desde lo que ahora paso a relatar, el romanticismo que siente la vida para con nosotros desde una determinada formad de observarla. 

Tras más de 3 años de vivir en Ecuador, regreso a España y vuelo a Palma de Mallorca, para incorporarme a un puesto de trabajo el día mencionado, vísperas de la firma de un contrato de trabajo.

Es de noche y me decido a tomar un taxi, hasta el lugar donde iba a pasar el tiempo preciso hasta encontrar mi propio espacio. El taxista era un señor de Granada que vivía en la isla desde hacía según me contó, más de 30 años. Hacemos el trayecto y tras pagarle, le pido si podía recogerme al día siguiente para ir a firmar el contrato. 

A la mañana siguiente, Jesús, que es como se llama este taxi driver, me lleva a mi destino pero se niega a cobrarme. Como es temprano, decido compensar su gentileza invitándole a un café, le agradezco y me da su tarjeta.

Pasan los días (aun no tengo bicicleta allí), y debo visitar apartamentos. Como no sé las localizaciones, llamo a mi amigo de Granada para que sea él quien me lleve en taxi. Nuevamente Jesús se niega a pagarme... dice que con los "guiris" saca de sobra y que le caigo bien. Agradezco y marcho, pero siendo como fue que encontré mi apartamento (más barato de lo que todos los pronósticos apuntaban - los cuales nunca adopté), llamo a Jesús para que por última vez, me ayudara a llevar las cosas de la mudanza en el último trayecto que haría en taxi puesto que ya tenía bicicleta, tras las dos semanas que habían pasado desde que llegué.

Esta vez -me dije- si Jesús no me cobra, encontraré el modo de pagar el porte, y tal como sospeché, Jesús se negó a aceptar mi dinero, de modo que se lo dejo sin que se percatara, en la puerta del coche.

Pasa una hora, y Jesús me llama, indicándome que me había dejado algo olvidado en el taxi, de modo que le digo que no fue un despiste, que llevaba todas mis pertenencias y eso que había encontrado, era su pago. Jesús insistía, pero yo así mismo le indicaba que no tenía nada mío olvidado, hasta que finalmente confesó.

Había compartido con él una necesidad de habitar los lugares donde vivo con algún ser vivo. Como allí viviría sola y no me veía con una mascota, pensé en comprar una planta y así se dije. Finalmente él me dijo que con el dinero que le dejé en el taxi, me había comprado una planta, ese ser vivo para mi nuevo hogar.


Es a través de esta experiencia tan inverosímil como real que entendí la magia de vida y que si uno lo cree no desde la lógica lineal sino desde el hemisferio creativo, esas situaciones no son imposibles.  

¿Qué posibilidades "reales" hay de llegar a una ciudad por primera vez y encontrar un servicio de taxi completamente gratis? 


La escafandra

Resulta paradójico descubrir cómo nos resistimos a la "escafandra" impuesta por los condicionantes sanitarios de los últimos tiempos y no nos damos cuenta de la sutil imposición de otras de igual o superior alcance que nos infringimos a nosotros mismos como consecuencia de nuestros miedos, creencias o programas. 

Un yugo de protección a la VIDA con mayúsculas que nos impide justamente experimentar el regalo que ésta es y su experiencia en el momento presente que es el único instante donde acontece. 

En estas semanas los sueños y la compañía de mis queridas amigas guerreras, se vislumbraban las señales que instaban a bajar el ritmo, el hacer incesante, a ser humilde, para poder observar a los demás desde la quietud, y por ende a mi misma y los procesos desde los que opera la mente por inercia, inconscientemente sin consciencia. Esa quietud me regaló estos días una privilegiada aunque no agradable imagen mental cargada de simbolismo y energía respecto al lugar desde dónde percibía. Esa imagen, era una escafandra, ese equipo que buzos y astronautas llevan a modo de traje protector de una pieza, con un casco hermético por donde recibir oxígeno mientras se está bajo el agua o en el espacio. Veía cómo estaba envolviéndome y se iba difuminando hasta desintegrarse.


Este paquete de información en modo visual se puede asimilar al recuerdo de un fotograma de una película fugaz y aconteciendo sin pretenderlo pero permitiendo su expresión. Al ser atendido me permitió en ese instante percibir toda la riqueza de vida que tenía delante y las maravillosas experiencias que están sucediendo y cómo desde esa "armadura" era incapaz de percibir sin juicio.

Es entonces cuando caen los velos de aquello que llamaba realidad. 

Desde este punto, tenemos dos caminos, despreciar y cuestionar la información que  recibimos u honrar el espacio evolutivo que genera si logramos acogerlo. Sólo se nos pide permitir. Permitirnos ir más allá de esa escafandra fraguada con la psique de alguien que ya no somos. Y es cuando comprendes no de un modo lógico, sino en la célula, en el sentir por todo tú, por toda tú, que percibimos el mundo no con los ojos o la mirada inocente, sino a través del filtro de las ideas, miedos o creencias que un día adoptamos sin cuestionar para proteger aquello impermanente.

Y habrá quien indique que de no sumergirnos con protección, careceríamos de oxígeno, pero tal vez la falta de oxígeno sea no permitirnos amar ni vivir.