Eye Contact
Generalmente escribo sin constancia, cuando me quema algo por dentro, y tengo que expresarlo, bello o feo, con enfadado o contenta. Es como un trozo de manzana medio atragantado que sientes que o lo sacas, o te lo tragas, pero no puedes tragarlo mas que si se te va de la mente, y no es el caso. Es por ello que hoy tras varios meses vuelvo a mi blog, un blog mío y de nadie más o sí, tal vez, sin que eso importe, donde recojo instantes, emociones, que de vez en cuando me apetece revivir, como un catálogo de grandeza de ciertas insignificantes cosas que a mi me hacen conectar con lo que entiendo que es la esencia.
Y es que hoy quiero hablar de él, un ser humano, aunque a veces lo dudo, en la puerta de la Iglesia de San Miquel en Palma. No sé su nombre pero no importa, vaya donde vaya, lo veo, cierro los ojos y lo veo, lo veo en mi mente una y otra vez. Él, un hombre de color de edad incierta, aunque estimo que roza los 55 y si dudo de su humanidad es porque su energía es indescriptiblemente pacífica y hermosa, tanto que me resulta imposible pasar por esa calle sin pararme a echarle una moneda como excusa para tener un contacto visual con esa mirada tan, tan... tan-tan que no tengo ni palabras.
Su figura, apoyada en el muro de la puerta de entrada, de espaldas al este, con una manta que le cubre de hombros para abajo, permanece inmóvil, mirando al infinito, conectado a sus recuerdos. Y yo, que para bien o para mal estoy acostumbradas a escenarios efímeros, mutables o cambiantes, me quedo ahí, tratando de conversar con él, pero nunca escucho su voz, apenas sostenido por un hilo.
Pero justo en el instante previo al juntar sus manos e inclinar su cabeza con un gesto similar al que las personas hacen al pronunciar Namasté, todo se para.
Un segundo de contacto visual con esa alma para captar la grandeza de su energía cansada, rendida, que sin saberlo me dice, "no te rindas".
Un segundo donde siento que me ven, que soy, que hay una mente y una energía que como el viento no se ve, pero es.
Un segundo que llena el alma.
No sé quien es ese hombre de color, ni de dónde viene ni qué ha vivido. Pero hoy, me descubrí yendo en bici a la calle San Miquel mientras la secadora de la lavandería terminaba con mi ropa "por despejarme", cuando regresando supe que era simplemente por ese contacto visual que tiene tanta humanidad y ternura como un abrazo de más de 20 segundos que hace tanto que no recibo... desde que volví de Ecuador.
Entonces vuelvo a casa, en bici, cómo no, sintiendo el aire, recargada, percibiendo la energía, chutada de humanidad, pensando que ir de compras para llenar vacíos, es menos efectivo que un segundo en una mirada que te reconoce, aunque no sepa quien eres.
Creo que una mirada sostenida un minuto sin interrupción, puede cambiar una vida, o llegar al otro más allá de su piel.