Somos peregrinos, en cuanto que empezamos un camino en la vida y lo concluimos al final de ella.
Hoy ha llegado una historia a mi experiencia, me ha gustado porque me gustan las metáforas y los ejemplos, las historias con moraleja, probablemente por la cantidad de cuentos que leía de pequeña. Esa historia cuenta las dos posibles actitudes que puede tener un peregrino al llegar a su ciudad de destino.
Hay dos posibles maneras de comportarse, así, el peregrino "a", es el peregrino "huracán", que llega a la ciudad, y tira papeles fuera de la papelera, escupe en el suelo, no respeta los templos, lugares de culto y tradiciones del lugar, no siente la necesidad de asimilar, conocer y recibir la cultura de ese sitio que visita, digamos que llega, toma la foto a modo de trofeo para el album y se va. Por el contrario, el peregrino "b", se empapa del modo de vida del lugar de destino, investiga sobre la indumentaria, gastronomía y protocolos del lugar, se descalza en los lugares de culto, continua cuando el semáforo está en verde y se detiene en caso contrario.
Ahora, trazamos un paralelismo entre el peregrino y la ciudad que visita con el encuentro entre dos personas. Cuando nos encontramos con alguien, podemos invadirle, tomar fotos, contar hazañas de ese encuentro, o podemos por el contrario esperar a que nos inviten a pasar, nos sirvan un té y nos despidan amablemente o nos insten a volver.
Es común hoy, como siempre lo ha sido, que alguien venga a visitarnos, antes, las visitas eran prolongadas, incluso duraban una vida en la mayoría de los casos, hoy, fruto de una vida líquida, las visitas interpersonales duran un tiempo x indeterminado. La duración de la misma, el modo de recibimiento o el nivel de cortesía o informalidad de la misma, no sigue un código de conducta dictado por lo que manda la buena educación. Cada uno establece su protocolo, un pacto entre dos, su modelo o su actitud al presentarse al otro, no importa la duración del encuentro, lo que importa es si hemos respetado el templo o la ciudad que hemos visitado; si es así, no importa la duración de la estancia, sino las sensaciones y aportaciones que nos hayamos causado mutuamente.